La historia de Milagros Caninos
En abril de 2004 murió mi perro salchicha, Clavo, en un desafortunado accidente. Yo siempre supe cuál era el sentido de su vida: jugar con mis hijos, hacernos compañia, darnos alegría. Pero no entendía cuál era el sentido de su muerte.
Lo primero que hice fue poner una esquela en el periódico, como símbolo de respeto y amor por la muerte de un miembro más de la familia. A raíz de eso comencé a recibir cientos de correos de personas que compartían el mismo dolor, y eso me sirvió de motivación para rescatar a otros perros que necesitaban mi ayuda y cariño.
Mis ojos siempre se dirigían hacia donde había algún perrito sufriendo. Mi debilidad por los perritos viejos, enfermos o que han sido cruelmente maltratados hicieron que mi sueño de crear un hogar para perritos con capacidades diferentes se hiciera realidad.
Aún extraño a Clavo, pero ahora sé perfectamente cuál es el sentido de su muerte: se llama Milagros Caninos. Y estoy segura que desde donde él se encuentre, hace que mis ojos vean más allá de lo que los ojos de muchos ven. Hace que mis oidos escuchen gemidos de dolor que tal vez para otros son imperceptibles. Hace que mis manos puedan tocar la desgracia de otros. Hace que las personas se vuelvan más sensibles y que vean a los perros como amigos, no como la forma de desquitar sus frustraciones, golpeándolos, quemándolos o dejándolos morir de hambre.
El nombre de Milagros Caninos es porque Clavo, desde el cielo, hace que yo pueda ayudar, solamente eso, ayudar. Una palabra que para muchos no existe. Por eso, Clavito, en donde te encuentres, y ante quien sea, aún ante quien critica lo que hago, te daré eternamente las gracias por la labor que, aún después de tu muerte, logras hacer. Mil gracias de mi parte y, estoy segura, gracias de parte de todos los habitantes de Milagros Caninos. Te quiero mucho Clavo.
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Fundadora de Milagros Caninos

